«Buena Cara» cuenta una mañana cualquiera: levantarse media hora antes porque el cuerpo tarda, pelear diez minutos con un botón y salir a la calle a las nueve como si el cuerpo te perteneciera. No hay villano ni traición; hay una mujer que ha aprendido a administrar lo que enseña y lo que se calla, porque explicarlo cansa más que el dolor.
La canción lo lleva al terreno de la copla contemporánea, con guitarra española, cajón y palmas sordas sosteniendo un relato que va de la contención al quejío. Su imagen central es doméstica y exacta: los peldaños bajados de uno en uno, la boda de la que se marcha la primera, el llanto dentro del coche con la llave puesta para no tener que dar explicaciones. Está dedicada a quienes conviven con fibromialgia y otras enfermedades invisibles, aunque la letra no nombra ninguna: sirve igual a cualquiera que sostenga un dolor que nadie ve.
El puente es el momento en que se sienta frente al espejo y no se pone nada. Y era ella. Debajo de todo eso era ella. La canción termina donde tenía que terminar: abriendo el bolso, cerrándolo y saliendo a la calle con la cara que tiene, con frío y con las manos temblando. Y no se ha caído el mundo.