Le prometí a mi madre
que no sería como ella...
y hoy me he sorprendido
poniendo su misma mesa.
Crecí mirándola guardar silencios,
guardando sueños en un viejo cajón.
Yo le decía: “Mamá, no lo aguantes”,
ella decía: “No entiendes el amor”.
Juré en mi cuarto, con puños cerrados,
que no caería en su misma prisión.
Pero el dolor se hereda en la sangre...
y sin pensarlo, me atrapó su dolor.
Mamá, perdóname...
yo creí que era más fuerte,
yo creí que era distinta,
yo creí tener más suerte.
Hoy entendí a mi madre,
hoy entendí por qué se quedaba.
No era amor, no era miedo,
era el peso de toda una raza.
Generaciones de mujeres
aguantando el mismo invierno,
enseñándonos a las hijas
que el silencio era el premio.
Y cuando oí decirle a mi hija:
“Nena, los hombres son así”...
me rompí en mil pedazos,
porque vi a mi madre en mí.
La llamé llorando un martes de noche,
le dije: “Mamá, me casé con tu fantasma”.
Hubo un silencio del otro lado,
y me respondió con la voz ya quebrada:
“No es culpa tuya, mi niña, es la herida,
la herencia amarga de toda la casa.
Pero tú tienes lo que yo no tuve...
tienes la puerta que yo nunca abrí”.
Mamá, gracias por decirlo,
gracias por romper la cadena.
Esta noche me salgo yo,
y mañana se salva mi nena.
A las mujeres que aguantaron tanto,
a las que callaron en la cocina,
a las que ahogaron todo su llanto
bajo el agua fría de la rutina.
Por los diarios que nadie leyó,
por el pasado que al fin terminó...
¡Hoy salgo yo por todas vosotras,
esta cadena se rompe hoy!
Hoy entendí a mi madre,
hoy entendí por qué se quedaba.
No era amor, no era miedo,
era el peso de toda una raza.
Generaciones de mujeres
aguantando el mismo invierno,
enseñándonos a sus hijas
que el silencio era el premio.
Y al ver que hoy abro la puerta,
y el destino empieza a cambiar...
la perdono y me perdono,
hoy volvemos a empezar.
Mamá...
hoy puse tu mesa de otra forma.
Hoy le serví a mi hija
lo que tú no pudiste servirte:
un plato de libertad...
y una silla de su tamaño.